Tal día como hoy, un 31 de marzo de hace setenta y cuatro años nació en Serantes (A Coruña)l el escritor Juan Farias, figura clave de la literatura infantil y juvenil española contemporánea. Juan Farias habla sobre Juan Farias...
Hago memoria, recuerdo y me doy cuenta de que nada ha cambiado. Tengo un buen puñado de años a la espalda y me siguen gustando las mismas cosas. Hay poco que añadir, en todo caso las mozas, que ya me tratan de usted.
Escribir, leer, las puestas de Sol, desembarcar en una isla desierta, trepar a los manzanos, el queso (si es buen queso), ladrarle a mi perro y otras emociones, siguen gustándome tanto como antes.
Lo que no me gusta sigue sin gustarme: la retórica, obedecer porque no hay más remedio y algunos bandazos del sentido común. (He de admitir que no siento demasiado respeto por el sentido común. Una de sus virtudes es estropear oportunidades a la felicidad. Es el que te recuerda los resfriados en el momento en que vas a tirarte de cabeza al río).
Soy un adulto que está en deuda con su infancia. Fui un niño feliz a pesar de haberlo sido en tiempos amargos. Quizá lo deba todo a que tuve un padre mágico. Mi padre, entre otras muchas cosas, me enseñó a leer. No lo hizo de una forma disciplinada, ni rigurosa, sino jugando. No me explicó que era importante sino que me demostró que era divertido.
Mi padre aprovechaba los días de lluvia, los de frío, se sirvió de mis aburrimientos y los entretuvo con unas lecturas en voz alta, hizo la voz de todos los personajes y yo, que le quería, me acurrucaba junto a él. Eran dos placeres: el de tener a mi padre para mí solo y el de oírlo leer aquellas cosas que me parecían posibles y de algunas de las cuales surgieron mis mejores sueños, como el de ser grumete en un bergantín en busca del fin del Mundo, escapar en un globo por encima de las montañas o entrar por un agujero al centro de la tierra, al país de la impertinente
reina de corazones. Bien, mi padre me enseñó más cosas, por supuesto. Me enseñó a lavarme los dientes, no pegar a los ancianos, no dejar que los ancianos me pegasen, robar manzanas en primavera, saber lo que vale un amigo y a no cantar himnos.
Por aquellos años, cuando aún no enderezaba la "o" ni con ayuda de una falsilla, empecé a escribir.
Esto puede llegar a convertirse en un vicio, en una servidumbre que, paradójicamente, tiene un claro sabor de libertad. Ocurrió así: Cuando un niño lee y se emociona, cuando disfruta, es porque ya sabe dar forma a las palabras, darle a la palabra "pan" la forma y el sabor del pan, deja de ver signos y ve cosas, imagina, puede coger el camino de un cuento y, aún después de cerrar el libro, continuar la discusión con el personaje que ya es su amigo o seguir escapando del Diablo Verde que lo asustó para siempre.
Leer me proporcionó un montón de amigos. Huckleberry Finn fue uno de ellos. Dudo mucho que
una docena de psiquiatras eminentes pudieran convencerme de la no existencia de ese muchacho
que sabe quitar verrugas conjurando a las almas en pena con la ayuda de un gato muerto.
Yo viví con Huck aventuras que no ha escrito nadie. Él y yo navegamos el Gran Río, escalamos
los Apalaches para encontrar el camino por donde se escapa el Sol todos los atardeceres y fumamos la Pipa de la Paz con Toro Sentado.
Cuando un niño disfruta con la lectura y la prolonga más allá de la última página, cuando acepta
que el tekkel de la vecina es el doble de Colmillo Blanco o enristrando la escoba se dispone a derribar en torneo, a Juicio de Dios, al Caballero de la Mala Intención, ya está en el Gran
Juego. Un empujoncito, una gripe, dos días en cama, un lápiz y un papel, dos gotas de paciencia
pueden ser más que suficiente como para que tengamos otro escritor delante de nuestras narices, un niño con un juguete que lo hará feliz hasta que algún avisado le diga: "Muchacho, tú sirves para que mañana te hagan una estatua".
Siempre quise ser escritor. Al principio me parecía un trabajo fascinante. Ahora sé más cosas y estoy satisfecho.
Empecé por contarme a mí mismo lo que haría cuando fuese mayor, inventé un mundo en el cual
las islas estaban diseñadas por Stevenson y fui feliz jugando con aquello.
Más tarde tomé el camino de los escritores errantes. El viento me fue favorable. Viví para contar lo que vivía. Pude publicar alguna cosa y no me faltó la vanidad necesaria para creerme un incomprendido.
Asistí a tertulias, acepté compromisos, me emborraché en París, firmé manifiestos y aún me quedan amigos.
Un buen día alguien decidió que mis historias eran historias para niños. Fue un crítico despectivo, un culto de alto octanaje que me dejó en la miseria y no por herir mi vanidad (que esa es de corcho) sino porque, de ser cierta aquella afirmación, me obligaba a escribir bajo una disciplina más rigurosa.
Cuando uno escribe, lo quiera o no, comunica experiencias, deseos, fobias, aficiones, esperanzas,
etc., etc. Quien lee, si halla placer en ello, no podrá librarse de la influencia del discurso.
Cuando uno escribe La Araucana, Guerra y Paz, Drácula o algo así, no contrae responsabilidades.
Puede que haga cultura o el ridículo. Eso es todo.
Por otra parte, los adultos (esos alegres muchachos que organizan y reorganizan un par de tiberios por minuto) aún siendo de mucho preocupar no me interesan demasiado.
Pero cuando uno escribe para un niño, está obligado a recuperar la esperanza.
(A veces me pregunto si no deberíamos sentarnos en la cuneta, tirar la toalla, meter toda nuestra
experiencia en un baúl, tirar el baúl al río y dejar que los niños improvisen una sociedad nueva.
Quizá a ellos se les ocurra aquello de "Ama a tu prójimo como a ti mismo", que es, sin duda alguna, la constitución ideal).
Juan Farias, Salamanca, febrero de 1997
Este texto fue realizado con motivo del encuentro con Juan Farias celebrado en 1997 dentro del programa de “Encuentros con autores” del CILIJ de Salamanca.